domingo, junio 10, 2007

Engulles la vida o la digieres?

Se acaba una etapa de mi vida, abandono Granada y ahora, no puedo hacer otra cosa que pensar en todas las sensaciones que he experimentado aquí y en todas las personas que he conocido en estos 6 años y con los que he compartido mi vida durante más o menos tiempo. Algunos siguen cerca de mi corazón, aunque estén lejos y el contacto sea poco y trivial; otros, han desaparecido para siempre dejando en mí el dolor de saber que esforzarse para dar lo mejor de una misma puede no significar nada para los demás. Ahora me enfrento a muchas despedidas, que me hacen preguntarme cuánto puede haber significado mi presencia para estas personas que se quedan. Amargamente tengo que responderme que, para la gran mayoría de ellos, no mucho. Sin embargo, yo no pierdo la esperanza, que siempre aguarda en un rinconcito de mi ser a que alguien me demuestre que me equivoco.

Hoy día, vivimos en una cultura de las sensaciones; sensaciones que una vez somos conscientes de que existen, no podemos dejar de desear experimentar. En cierto modo, esto es una consecuencia natural del conocimiento, cada vez más amplio, que tenemos del mundo. Sin embargo, esa multiplicidad de sensaciones existentes se han convertido en un mercado en alza. Dentro de una sociedad que hace gala de un consumismo voraz, el de las sensaciones es un negocio redondo. Se nos presentan a ritmo de clip, a ritmo de spot, y es así como queremos experimentarlas. Son sensaciones que se venden en paquetes, como los viajes a Dominicana, de modo que automáticamente después de exprimirlas al máximo podemos volver a casa, a ahorrar para pagar otra… Son sensaciones simplificadas, reducidas y uniformes en su estructura; todas las películas se parecen, todas las canciones dicen lo mismo, en todas las citas hacemos lo mismo… emociones digeribles y exportables, (comunicables) a todo el mundo. A ese ritmo, nada se vive con profundidad. Porque lo que importa es la acumulación de sensaciones, de experiencias. Somos coleccionistas de anécdotas que no significan nada, y padecemos con los años un Complejo de Diógenes en nuestro espíritu gastado, donde hemos acumulado infinidad de cosas vacías de significado y valor, y que nunca son suficientes. Estamos en la cultura de lo instantáneo, lo efímero, lo inmediato.

Este ritmo de vida que se nos impone va configurando una sociedad de “gozadores de sensaciones múltiples y variadas”, que necesitan del mercado porque el paladar exige sabores fuertes que cambien a ritmo rápido; la rutina aburre. Se practica el “zapping” cultural, saltando de emoción en emoción sin digerirlas, convirtiendo nuestras vidas en un flujo continuo de sensaciones y cambios al estilo “Friends”, donde nuestras vidas son espectáculos con un público deseoso de novedades, donde la imagen domina a la reflexión.

Sin embargo, lo que se vende realmente es un compromiso con la lógica del sistema. Tienes acceso a este torrente de sensaciones efímeras si puedes consumir y poseer lo que te ofrece este mercado infinito. Hay que aceptar entonces que todo se compra y se vende, incluidos los derechos conquistados con tanto trabajo a lo largo de la historia; los jóvenes españoles ya van aprendiendo la lección: el 90% está dispuesto a «no tener condiciones de jornada» para tener un trabajo y poder cortar un trozo de la tarta. Y para tener más que nadie de esa tarta, hay que ser competitivo. Tan competitivo que al final terminamos solos. Pero no importa, porque solos disfrutamos mejor de esas sensaciones que nos proporcionamos, gracias a nuestro duro trabajo. Y es así como llegamos al óbice de nuestra cultura; el individualismo: Ser uno mismo, por sí mismo y para gozar para uno mismo; he ahí el ideal a alcanzar, por el que hay que sudar y luchar, competir y adaptarse. Y una vida realizada es aquella en la que nuestros logros hayan sido tantos que podamos justificar el habernos sentado sobre los demás para conseguirlos.

Dentro de esta dinámica se encuentra también el rechazo de la importancia de los lazos familiares. El ente individualista rechaza las adscripciones a grupos sociales por nacimiento y desea tener el poder de la elección; la libertad de formar sus propios grupos humanos al margen de aquéllos en los que ha nacido. El estereotipo del pobre chico que se forja una vida próspera alejándose de sus pobres orígenes familiares. Así, se desechan los valores familiares y se entra limpio en ese mercado de sensaciones que también ofrece valores de quita y pon, efímeros y banales. Nos vaciamos para llenarnos de nada, de burbujas que explotan dejando solo el aire que guardaban. Rechazamos los valores que intentan inculcarnos nuestros mayores, así como los que preconiza nuestra religión y nuestra sociedad, para adherirnos a cualquier otro, porque dentro del relativismo cultural “todo es igual de bueno, menos lo nuestro que es una mierda”.

Yo no niego que haya que cuestionar los valores que nos inculcan cuando hacemos contacto con el mundo exterior, pero entonces, ¿no habría que cuestionar con la misma inquina el resto de valores que nos ofrece esta cultura de sensaciones?

Poco a poco, empezamos a percibir que tenemos la boca demasiado llena. Hay un cierto hastío que se respira en el aire, un cansancio de mercado y posesión, y cada día son más aquéllos que se paran a reflexionar y sienten la necesidad de silencio, de distancia reflexiva, de la vida sencilla con pocas cosas, el deseo de ejercer solidaridad con los marginados del festín de las sensaciones.

Yo, necesito darle un sentido a esta vida, necesito que las sensaciones no me pasen como pasan los trenes por los andenes. Necesito que se queden conmigo para siempre, que me configuren, que me calen y me cambien. Necesito que me atraviesen. No puedo seguir haciendo las mismas cosas con gente diferente cada año, haciendo los mismos viajes por sitios completamente diferentes o besando mecánicamente igual a cada persona. Para mí, todo tiene que tener algún sentido, cada cosa que hago y cada sensación que experimento tiene que formar parte de este viaje que es mi vida, y si no es así, entonces es un desgaste innecesario de mi energía. Y en conjunto, mi vida tiene que tener un sentido, porque si no es así no veo cuál es el motivo de levantarme de la cama. Estoy hundida a dos metros de la superficie del mar, y no sé qué sentido tiene nadar hacia la orilla cuando no hay nada que me llame a quedarme en tierra firme. Sin embargo, tampoco quiero hundirme. Y es esta profunda y tranquila oscuridad del mar, creo que hay un motivo por el que puedo salir del agua y gritar al mundo, y ese motivo es cambiar en todo lo que pueda esta cultura del consumismo y el individualismo que nos está dejando vacíos de vida, a costa de agotar la vida de otros que nos proporcionan esa inmensa cadena de placeres destinados a dejarnos sólo con ansia de más. Y espero que a todos los que me hayáis acompañado, poco o mucho, en mi viaje, os haya hecho al menos pensar en ello por unos instantes. Me despido con una frase de una canción que nunca podría olvidar.

“Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente

Que la reseca muerte no me encuentre

Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”

3 comentarios:

A las junio 10, 2007 , Blogger Miguel Marqués ha dicho...

Lo tienes muy claro y lo cuentas muy bien. Mucha potencia, mucha rabia, mucha luz, mucha prisa para buscar lo tenue y la calma. Está bien partir, y dejar una estela de luz como el tren de la foto, y comprobar si destella o no a quienes compartieron contigo durante ese tiempo. A mí, desde luego (y aunque nuestro contacto sea poco).

Recuerda a la Sonntag. Un beso y feliz viaje ;)

 
A las septiembre 03, 2007 , Blogger humano ha dicho...

está bien como esbozo de ideas


me ha alegrado ver que hay alguien más con visión autocrítica (por el tema sociedad/individuo) aunque no acabas de profundizar.


a mí lo que me llama la atención de esa búsqueda de la individualidad es que es contradictorio con el hecho de vivir en sociedad.


una sociedad engulle forzosamente al individuo y si no sucede expulsa automáticamente al que no es semejante, y por eso me llama poderosamente la atención el hecho de que exista una lucha feroz por la búsqueda de la individualdiad cuando todo son fotocopias de lo mismo.



he llegado a tu blog buscando en el google "complejo de autosuficiencia"... Aunque son teorías semi prácticas que he estado investigando por mi cuenta me ha cautivado "ghost in the shell" y quería buscar un poco más sobre el tema.



vivo en una sociedad cerrada y sé por experiencia propia que no eres nadie si no eres como los demás. Me refiero concretamente a la gente cool y demás sucedáneos, porque todos son iguales pero todos creen ser individuales, y si no eres como ellos eres rechazado.


por eso considero que es bastante absurda esa búsqueda de la individualidad forzada simplemente para no ser un muñeco más en esta maravillosa sociedad del bienestar que tenemos (es ironía esto último).



quizás algún día, cuando rebiente la burbuja del capitalismo, se de cuenta el ser humano de lo absurdo que es buscar la felicidad individual en base al poder.



y creo que voy a ir acabando... jejeje porque todo lo que he dicho no dejan de ser esbozos de un debate, y estoy cansado para seguir escribiendo... entre otras cosas porque estaría horas hablando del tema, ya que lo he estudidiado profundamente a lo largo de casi la mitad de mi vida.



y eso, que me ha molado leer tu texto


;)

 
A las septiembre 10, 2007 , Blogger Yolinda ha dicho...

Muchas gracias por tu comentario, "humano", me alegra ver que de algun modo todo esto que escribo tiene alguna repercusion, aunque sea minima, en el ciberespacio y en las mentes de otros entes pensantes. Estoy de acuerdo contigo 100%. Lo unico que se puede hacer es intentar hacer conscientes a otras personas de lo pervertida que esta nuestra idea del mundo. Cuando te apetezca podemos debatir estas cuestiones. Un saludo muy grande desde Malta, que es donde me encuentro en estos momentos. Espero poder publicar algo mas pronto ;)

 

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